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PERSONAS · PROCESOS · CONTROL

Si todos participan, pero nadie es dueño, el proyecto no tiene responsable

Por Gustavo Huicochea Hernández. Reevo.

En el taller es común escuchar: “eso lo estamos viendo entre todos”. Puede referirse a implementar RMX Control, ordenar el almacén, lanzar una campaña o reducir las garantías. También puede tratarse de incorporar un servicio o preparar una segunda sucursal.

La frase suena colaborativa. El problema aparece con la siguiente pregunta: ¿quién responde por lograr el resultado completo?

El asesor hizo su parte. Refacciones hizo otra. El jefe de taller probó algo. Gerencia pidió avances y marketing publicó. Todos participaron, pero el proyecto puede seguir abierto.

¿Por qué? Porque nadie da seguimiento al conjunto: el objetivo, el orden de las actividades, las tareas que dependen de otras, las decisiones pendientes y las condiciones para terminar.

Para Reevo, colaborar no significa repartir la responsabilidad final hasta que ya no se pueda identificar. Una iniciativa importante necesita una persona que responda por el resultado, aunque muchas otras realicen partes del trabajo.

A esa persona la llamamos dueño de la iniciativa.

El dueño de la iniciativa no es quien hace todo

Ser dueño de una iniciativa no significa encargarse personalmente de todas las tareas ni pasar por encima de las funciones de cada puesto. Significa asegurarse de que las distintas partes del proyecto se integren y produzcan el resultado esperado.

Puede pedir a Refacciones que prepare un directorio, al asesor que pruebe un guion, al técnico que realice una validación y a gerencia que autorice un presupuesto.

Cada puesto sigue respondiendo por el trabajo que le corresponde. El dueño de la iniciativa responde por coordinar esas aportaciones y llevar el proyecto hasta su cierre.

Como mínimo, debe mantener visibles seis cosas: el objetivo, el estado actual, el próximo hito, los bloqueos, las decisiones o recursos pendientes y el criterio de cierre.

El próximo hito es el siguiente avance importante que debe alcanzarse. El criterio de cierre establece qué debe cumplirse para considerar terminado el proyecto.

Si para conocer cualquiera de esos puntos hay que reunir al equipo y reconstruir conversaciones, falta claridad en la coordinación y el seguimiento.

Un proyecto sin un solo dueño deja la responsabilidad poco clara

Cuando una actividad pertenece “a todos”, cada persona puede dar por hecho que alguien más está impulsando el siguiente paso. Así, el equipo termina varias tareas, pero no necesariamente completa el proyecto.

Pensemos en la implementación de una nueva política de recepción. El asesor ya leyó el procedimiento, administración actualizó el formato y el gerente explicó la regla.

Eso todavía no demuestra que la nueva forma de trabajar se esté cumpliendo.

Al recibir físicamente cada vehículo, alguien debe comprobar que se abre la orden de servicio y se registran su estado, el inventario y las fotografías. También deben quedar completos el motivo de ingreso, el contrato y la firma.

Si nadie verifica que todo eso sucede, el proyecto puede declararse “implementado” mientras la recepción sigue funcionando de manera incompleta.

Tener un responsable final no elimina la colaboración. Evita que, entre tantas aportaciones, nadie responda por el resultado.

Define el resultado antes de repartir tareas

Una iniciativa empieza mal cuando primero se asignan actividades y después se intenta descubrir qué debían conseguir.

“Implementar postventa” no define un resultado. Hace falta explicar qué cambiará en la operación.

Por ejemplo: cada trabajo no autorizado quedará registrado con la información necesaria para retomarlo. Recibirá seguimiento con la frecuencia establecida, tendrá un responsable y conservará una siguiente acción. Además, se podrá medir el regreso de los clientes.

“Ordenar refacciones” tampoco define un resultado.

Una definición más concreta sería: cada solicitud podrá seguirse desde la verificación de que la pieza corresponde al vehículo y su cotización hasta el pedido, la recepción y la entrega al técnico. Cuando exista una devolución, también deberá poder seguirse ese recorrido de regreso.

El dueño de la iniciativa necesita explicar qué funcionará de manera diferente cuando termine el proyecto.

Sin esa definición, cualquier actividad puede parecer un avance, aunque no acerque al taller al resultado que necesita.

Separa el resultado de los entregables

Un entregable es una parte concreta del proyecto: una política, un curso, un tablero, un formato, una configuración, una capacitación o una campaña.

El resultado es el cambio de comportamiento o la capacidad que esas piezas deben producir.

Instalar software no equivale a implementar un proceso. Capacitar no demuestra que una persona ya pueda realizar correctamente el trabajo. Diseñar un formato no significa que se utilice. Crear una campaña no demuestra que atraiga trabajo rentable.

El dueño de la iniciativa evita cerrar el proyecto sólo porque ya existe una colección de entregables.

Su responsabilidad es comprobar que esas piezas producen el cambio en la operación que justificó crearlas.

Cada tarea puede tener responsable. El proyecto necesita a alguien que coordine el conjunto

En un proyecto que involucra varias áreas puede haber muchos responsables de tareas. Eso no significa que cada decisión deba tomarse por consenso.

Una forma práctica de organizarse es distinguir cuatro funciones.

El dueño del resultado coordina el conjunto y responde por el cierre. El responsable de cada entregable responde por la parte que le corresponde producir.

Las personas que aportan información ayudan a tomar decisiones con los datos necesarios. La autoridad que aprueba excepciones o recursos resuelve lo que requiere una autorización específica.

El dueño de la iniciativa no sustituye la autoridad técnica del jefe de taller ni aprueba por su cuenta un presupuesto que corresponde a gerencia.

Su función es señalar qué decisión falta, quién puede tomarla y hasta cuándo puede esperar sin poner en riesgo el resultado.

Esta distinción evita dos errores: el coordinador que intenta hacer todo y el que sólo toma notas mientras el proyecto pierde ritmo.

El bloqueo sigue teniendo dueño

Un proyecto no deja de ser responsabilidad de quien lo coordina porque algo que depende de otra persona o empresa se haya detenido.

Si falta información, hay que gestionar cómo conseguirla. Si un proveedor no responde, hay que evaluar una segunda opción.

Si una persona no tiene autoridad para resolver, el asunto debe llevarse a quien sí puede decidir. Si faltan conocimientos o habilidades, hay que definir cómo desarrollarlos.

Si falta presupuesto, corresponde presentar el costo, el beneficio y la decisión que se necesita.

“Estamos esperando” sólo describe la situación. El dueño de la iniciativa debe mantener clara la siguiente acción y la fecha de revisión, igual que en una orden de servicio.

Eso no significa que pueda garantizar que todo suceda a tiempo. Significa que un bloqueo no debe hacer que el proyecto desaparezca del seguimiento.

No conviertas al gerente en dueño de todas las iniciativas

El gerente responde por la forma en que se dirige el negocio. Eso no significa que deba ejecutar personalmente cada proyecto.

Si todas las mejoras avanzan únicamente porque el gerente persigue tareas, hace compras, resuelve detalles y recuerda cada pendiente, la empresa está creando otra dependencia.

A gerencia le corresponde definir prioridades, asignar al dueño de cada iniciativa y proporcionar los recursos y la autoridad necesarios.

También debe revisar las situaciones que se salen de lo previsto y exigir que los proyectos lleguen a cierre. No necesita intervenir personalmente en cada detalle.

El dueño de la iniciativa coordina el trabajo y lleva a gerencia los asuntos que exceden su autoridad o sus recursos.

La misma lógica aplica al propietario del taller. Asignar responsables de proyecto permite distribuir la capacidad de dirigir sin perder el control.

Una iniciativa también consume tiempo de dirección

Los proyectos requieren tiempo, atención y coordinación. Lanzar cinco iniciativas al mismo tiempo, con los mismos responsables, puede generar más trabajo pendiente que mejoras reales.

Antes de iniciar otra, conviene preguntar qué personas, horas y recursos necesitará para ponerse en práctica. También hay que decidir qué proyecto perderá prioridad para darle espacio.

La estrategia define qué merece avanzar. El dueño de la iniciativa se encarga de que esa elección llegue a un resultado.

Por eso, el conjunto de proyectos debe estar a la vista.

Si existen quince “prioridades” abiertas, pero ninguna tiene un próximo hito, un responsable y una fecha para decidir, el problema no es la falta de ideas.

El problema es que hay demasiado trabajo de gestión iniciado y sin terminar.

La frecuencia de revisión depende del riesgo y de la velocidad del cambio

No todos los proyectos necesitan una reunión diaria.

Un cambio que afecta autorizaciones, seguridad o compromisos con los clientes puede necesitar revisiones frecuentes. Una prueba para mejorar la distribución del espacio puede revisarse después de observar suficientes casos.

La apertura de una sucursal puede requerir puntos de aprobación semanales y mensuales. En cada uno se comprueba si existen las condiciones necesarias para pasar a la siguiente etapa.

La revisión debe ocurrir antes de que se pierda la oportunidad de corregir.

El dueño de la iniciativa propone esa frecuencia y llega preparado: conoce el estado del proyecto, presenta evidencias y señala las decisiones necesarias. No utiliza la reunión para descubrir desde cero qué ocurrió.

Cuando el cambio se estabiliza, las revisiones pueden ser menos frecuentes o incorporarse al seguimiento normal de un proceso o indicador.

Un proyecto que necesita una reunión especial de manera permanente quizá todavía no terminó de integrarse a la operación.

Cerrar no es decir “ya quedó”

Una iniciativa termina cuando el resultado definido existe y hay evidencia que lo demuestra.

Además, las responsabilidades que deben continuar ya forman parte del trabajo habitual, y está claro quién atenderá las excepciones relevantes.

Si el cambio todavía depende de la persona que dirigió el proyecto, falta completar la implementación.

Si el tablero existe, pero nadie lo usa, todavía no se ha incorporado a la forma de trabajar. Si el nuevo servicio ya se vende, pero nadie puede respaldarlo, falta capacidad.

Si una campaña genera contactos, pero recepción no los registra, falta continuidad entre lo que hace marketing y lo que ocurre en el taller.

El dueño de la iniciativa no debe conservar el proyecto para siempre. Su último trabajo es entregarlo a quienes lo mantendrán en la operación diaria y comprobar que pueden sostenerlo.

El proyecto debe dejar una capacidad funcionando, no una coordinación adicional que tenga que mantenerse indefinidamente.

RMX Control puede hacer visible el trabajo. No puede inventar un dueño

Una iniciativa puede apoyarse en tareas, estados, responsables, evidencias, fechas y alertas dentro de RMX Control u otra herramienta.

Esos registros reducen la necesidad de reconstruir conversaciones y permiten revisar si los compromisos se cumplieron.

Pero una plataforma no resuelve, por sí sola, la falta de claridad sobre quién responde por qué.

Si nadie tiene autoridad para decidir, si dos personas creen que la otra se encargará del cierre o si nunca se definió el objetivo, digitalizar el proyecto no resolverá el problema. Sólo hará más visible la falta de un responsable final.

Primero se definen las responsabilidades, la autoridad y las reglas de seguimiento. Después se utiliza la herramienta para dar continuidad al trabajo.

Revisa cinco iniciativas que siguen abiertas

Selecciona cinco proyectos o mejoras actuales.

Para cada uno, registra el resultado final que buscas, quién responde por conseguirlo, cuáles son los entregables y quién es responsable de cada uno.

Después anota el próximo hito, el bloqueo actual y cualquier decisión o recurso pendiente. Identifica quién tiene autoridad para resolverlo y cuándo se revisará.

Finalmente, establece qué evidencia demostrará que el proyecto terminó y a qué proceso se entregará para que continúe funcionando.

Con esa información, identifica cuáles tienen muchos participantes, pero nadie puede responder en menos de un minuto estas tres preguntas: ¿qué falta?, ¿quién impulsa el siguiente paso? y ¿cómo sabremos que terminó?

Esas iniciativas no necesitan otra junta. Necesitan una persona que responda por el resultado completo.

En Reevo, liderar una iniciativa es llevarla hasta el cierre

Una empresa madura puede repartir el trabajo sin hacer desaparecer la responsabilidad final.

El dueño de una iniciativa coordina sin sustituir a los demás. Lleva las decisiones a quien corresponde sin abandonar el seguimiento. Mide sin llenar el proceso de trámites innecesarios.

Y cierra cuando el resultado se integra a la operación habitual.

En Reevo utilizamos esta forma de trabajar para evitar que las mejoras dependan de recordatorios constantes, de personas que tengan que resolverlo todo o de reuniones que nunca terminan.

La colaboración sigue siendo necesaria. También lo es que alguien responda por el resultado.

Si todos participan, pero nadie es dueño, el proyecto no tiene responsable.

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  • Tener iniciativa no es hacer el trabajo de otro.

Herramienta para dirigir y dar seguimiento a una iniciativa

Próximamente: Ficha de dueño de iniciativa Reevo.

Reunirá el resultado esperado, el dueño de la iniciativa, los entregables, sus responsables y la autoridad para tomar decisiones.

También incluirá el próximo hito, los bloqueos, las decisiones pendientes, la fecha de revisión, la evidencia necesaria para cerrar y la entrega del resultado a la operación.

En Reevo Consultoría Automotriz ayudamos a los talleres a convertir las responsabilidades, la capacidad del equipo y la continuidad en un proceso visible, con responsables, evidencia y una siguiente acción. RMX Control relaciona la agenda, la capacidad, la preparación, la promesa y la comunicación para que el cliente no tenga que perseguir al asesor para saber qué ocurre. Hablemos.

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